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Funambulismo sobre un amor sin red – Relato.

El público coreaba su nombre desde todos los puntos pero, a pesar de que se oían perfectamente los gritos, él no escuchaba nada. En todas las entrevistas afirmaba que era capaz de abstraerse del entorno, por más ruidoso y desconcertante que fuese, centrándose exclusivamente en su trabajo. Y era cierto. Bueno. Siempre que se le pudiera llamar trabajo a aquello en lo que se ocupaba.
Amaba al funambulismo por encima de todas las cosas. A decir verdad no podía haber nada por debajo ya que él era experto en funambulismo de altura. Elegía los rascacielos más imponentes de cada ciudad que visitaba, insistía hasta recibir los permisos necesarios y, junto con su equipo, unía con un cable dos tejados próximos entre sí y al mismo nivel. Sin arneses ni redes que amortiguasen una posible caída: allí no había trampa. “La magia sólo es apta para aquellos que no arriesgan su vida por arrancar los aplausos”, comentaba con decisión.
Aunque hacía unos meses que alguna de sus afirmaciones había dejado de ser categórica. Sobre todo en lo referente al funambulismo, ya que éste quedó relegado al segundo puesto en su escala de valores, por detrás de Mercedes, Merche para los amigos, mujer que conoció en uno de sus incontables viajes.
-¿En qué trabajas? -le había preguntado ella en su segunda cita-.
-Soy funámbulo -respondió él con una sonrisa tan amplia como uno de sus cables-.


-¿Y eso te da para vivir?
El funambulismo no sólo le permitía alimentar su estómago sino también sus viajes, su pequeña compañía de espectáculos y sus caprichos, además de satisfacer la inquietud de su mente, siempre ávida de nuevas experiencias. Y eso fue lo que significó para él la relación con Merche: una novedad tan insospechada como adictiva. Por desgracia acabó superponiéndose a su trabajo de tal manera que se despertó una mañana con el único deseo de abrazar a Merche durante el resto del día, a pesar de que tocaba prepararse par una función.
“Me marcho”, decía una nota con la letra de aquella mujer colocada estratégicamente sobre la mesita de noche. “No soporto la idea de apartarte de lo que más quieres. No es a mí a quién deseas, es el funambulismo lo que te quita el sueño, a pesar de que ahora mismo tu cabeza te engañe con mis labios. Nunca saldrás de mi corazón pero, por tu bien, será mejor que abandone yo el tuyo. No me odies. Ya me odiaré yo por ti”.
“Será mejor que abandone yo el tuyo”, se repetía mentalmente sin que por ello perdiera el equilibrio. El aire se movía a su alrededor molesto por encontrar un estorbo pero poco importaba que le agitase la escasa ropa que vestía o zarandease la pértiga que le ayudaba en el avance por el cable: la concentración del funámbulo era máxima, formaba parte de un mecanismo afinado por la experiencia. Sus pensamientos podían fluir hacia cualquier destino sin que sus pies trastabillaran y desde que arrancó la función, casi desde que Merche le abandonara, sólo ella ocupaba su cabeza. Metro a metro avanzó hacia el edificio contrario del que había partido manteniendo su cuerpo perpendicular a la pértiga, adaptando sus pasos a la parábola invertida en la que se convertía el cable a pesar de la tensión, hasta que, próximo a su destino, divisó entre el público de la azotea a Merche, escondida entre un grupo de mujeres, reconocible por sus rasgos aunque se encontrase en una manifestación multitudinaria.
“Dijiste que me abandonabas”, pensó deteniéndose. Los gritos de ánimo cesaron y en su lugar se impuso un expectante murmullo. “Y ahora estás aquí, esperándome. Me hiciste daño, mucho daño. Pero has vuelto”. Dejó caer la pértiga, que se precipitó al vacío tras tropezar con el cable que le suspendía en el aire, estrellándose contra el suelo decenas de metros por debajo de sus pies. La multitud ahogó un grito al unísono. “Y ahora que lo pienso no sé si te mereces la vuelta. Ignoro si sólo has venido a verme o también a pedirme perdón pero, ¿sabes qué?”. Alzó los brazos colocándolos en cruz mientras clavaba la mirada por última vez en Merche. Algo sucedió. Un impulso eléctrico recorrió la distancia que les separaba impactando en el corazón de la mujer, elevando al máximo el ritmo de sus pulsaciones. “Ahora soy yo el que te abandona”.
Se balanceó a su derecha ahogando el impulso de enderezarse y notó como su cuerpo se fundía con la gravedad. Quiso cerrar los ojos y sólo lo hizo cuando logró confirmar el pánico en la cara de la mujer que amaba, instantes después de haber perdido toda probabilidad de asir el cable que le salvase de una muerte segura. Ahora sí: podía despedirse de la luz a sabiendas de ver cumplida su venganza. Cerró los ojos, disfrutó de la dulzura de la caída y deseó que en el cielo le reservasen un espacio para practicar su amado funambulismo.


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