-¡Hasta siempre!
Mientras gritábamos observamos como el barquito se deslizaba lentamente río abajo. Estaba hecho de cartulina por lo que a duras penas aguantaría una larga travesía. Pero a su único pasajero no pareció importarle. Su cuerpo rígido permanecía inmóvil en la distancia. Como lo había estado durante todos estos años.
Todavía recordaba el momento en el que mi madre me lo regaló. Eran tiempos difíciles y aquel muñeco de madera fue mi primer y único juguete. Se asemejaba bastante a un soldado a excepción de los colores de su uniforme. Eran demasiado chillones para una guerra. Aunque sobrevivió a mil combates infantiles, a otras tantas caídas desde mi estantería, salió indemne de multitud de inmersiones en el pilón del pueblo… Y cientos de nuevas perrerías de mis cuatro hermanos que lo fueron heredando uno tras otro cuando el anterior dejaba obligatoriamente de ser un niño. Hasta llegar al pequeño. Cuando cumplió once años decidimos que ya era hora de dejar en libertad al soldado y comenzar el camino a hacerse hombre.
-¡Hasta siempre soldadito!
Gritamos con todas nuestras fuerzas desde la orilla del río. Pero solo sonaron cuatro voces. Miré a mi hermano pequeño. Estaba en silencio mientras trataba inútilmente de aguantarse las lágrimas.

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